Presentación del Plan Económico del Encuentro Republicano Federal

Actualidad 11 de noviembre de 2022 Por Que Pasa Ciudad
En la sede del Sindicato de Gastronómicos de la Ciudad de Buenos Aires, el 10 de noviembre de 2022

Por Juan C. Sánchez Arnau

El Plan Económico que presentamos hoy es el fruto de muchos meses de trabajo de un grupo de más de quince profesionales que vivimos hurgando día a día en la maraña de cifras y de datos que nos permiten interpretar, con cierta veracidad, la realidad económica y social del país. Sin un diagnóstico acertado no podremos elaborar un plan serio, con posibilidad de ayudarnos a superar la situación en que nos encontramos. 

Y ese diagnóstico nos dice que de una situación como la actual no se sale fácilmente. 

 

Estamos sumidos en un largo proceso de decadencia, nuestro PBI no crece (es igual al de 2012) y el producto per cápita es cada vez menor (igual al de 2006): ¡cada día somos más pobres!

 

Estamos de nuevo como en 1989 o como en 2001. Los números son lamentablemente muy semejantes pero el contexto internacional es mucho más complejo. Reina la incertidumbre por donde miremos.

 

Esta es la consecuencia de años de políticas equivocadas. Básicamente, de querer gastar lo que no producimos. Eso es en definitiva la inflación, un exceso de gasto público sobre los ingresos del Estado, destinado a sostener un consumo que no tiene su correlato en la producción. Y en esas condiciones no hay inversión y sin ella no hay generación de producto ni empleo. El resultado final es pobreza y atraso. Y esa es parte de la gran carga que tendremos que superar.

 

El primer problema a enfrentar, junto con la inflación, es justamente ese 40% de la población viviendo por debajo de la línea de pobreza, los 4 millones de argentinos que viven en los 6056 “barrios populares” (eufemismo por “villas miserias” que usa el Ministerio de Desarrollo Social), el 96% sin cloacas, el 84% sin conexión a la red de agua y el 62% sin conexión regular a la red eléctrica. Millones de niños, jóvenes y mujeres que viven en condiciones inadmisibles para un país de moderno.

 

Y junto a quienes viven en la pobreza, o formando parte de ella, tenemos a 7 millones de trabajadores que hoy enfrentan problemas laborales: desocupados o subocupados y los miles que aun teniendo alguna ocupación buscan más trabajo para intentar “llegar a fin de mes”. Más de la mitad de ellos (3,6 millones) sin cobertura previsional, trabajando “en negro” y otros 2,9 millones convertidos en “cuentapropistas”, saliendo cotidianamente a la búsqueda de la changa que les permita vivir. Y entre los desocupados, la mitad buscando trabajo desde hace más de seis meses sin poder encontrarlo.

La segunda carga es la existencia de un Estado insostenible. No voy a hablar de su tamaño ni de su costo. Pero no puedo dejar de hablar de la deuda pública que nos van a dejar por intentar, vanamente, de sostenerlo.  

 

A fines de junio, la deuda bruta de la Administración Central llegó al equivalente de 378.516 millones de dólares. 10% de esa deuda es en pesos; un poco más del 20% es ajustable por CER y el 69,5% en moneda extranjera. A ellos tenemos que agregarle poco más de 20.000 millones de deudas de las provincias y un monto indeterminado de deuda de las empresas públicas (YPF y Aerolíneas Argentinas en primer plano). Para hacer frente a estas deudas ya no hay más reservas (están en rojo) ni perspectivas, con un riesgo país superior a los 2500 puntos, de que podamos hacer frente a los vencimientos de esa deuda si no podemos generar previamente un cambio muy importante de la situación financiera del país.

 

Antes, vivíamos obsesionados por la deuda externa. Ahora tenemos dos nuevos motivos de preocupación, la deuda interna del Tesoro y la deuda del Banco Central. Ambas a tasas desorbitantes (cercanas al 100% anual) y con vencimientos que pesan cada vez más en el gasto público. La deuda a pagar por el Tesoro en 2023 llega a los 2,786 billones de pesos, a los que hay que agregar todavía unos 773.000 millones que vencen de aquí a fin de año. Y el BCRA, para secar la plaza de los excesos de emisión monetaria cometidos a lo largo de estos últimos años, lleva colocados en letras de liquidez (Leliqs) y neto de pases, a fines de octubre de 2022, 9 billones de pesos, una vez y media el valor de sus reservas brutas. Así han “empapelado” a los bancos y dejado sin crédito al sector privado, que solo recibe hoy el 27% de los activos financieros de los bancos (igual que en 1989) mientras el sector público se lleva el 51%, es decir un 10% más que en 1989. 

 

A esta situación vamos a tener que hacer frente en diciembre de 2023, cuando seamos gobierno. Y mientras tanto hay que llegar. Con la perspectiva de que no entre un dólar más antes de marzo y de que los ingresos posteriores se vean seriamente afectados por las pobres perspectivas de la próxima cosecha. Y que este Gobierno se vaya dejándonos, como hoy, con un atraso cambiario del orden del 30%.

 

¿Cómo llegar? Un gran amigo me decía recientemente que en 1983 fuimos capaces de restaurar la Democracia, pero que en los casi cuarenta años posteriores no fuimos capaces de instalar la “responsabilidad fiscal” como conducta del Estado. Y sin ella, es muy débil la Democracia. De allí que hemos concebido nuestro plan económico como un intento para generar un giro copernicano en las políticas públicas, con un nuevo sistema monetario y cambiario, con una profunda reforma del Estado, sin corrupción y sin nepotismos, con una nueva la estructura del gasto público, de la política tarifaria y de subsidios, del gasto social y de la relación con las provincias, que nos permitan escapar al flagelo de la inflación. Con un Banco Central que no pueda financiar más el exceso de gasto del Tesoro y con un Tesoro que va a tener que ser muy cuidadoso a la hora de financiarse para poder detener la sangría del endeudamiento público. Digitalizando la mayoría de las operaciones comerciales y financieras, desindexando el gasto y llevando adelante una política monetaria que nos permita bajar las tasas de interés.

Solo así podremos pensar en disminuir la presión impositiva, en no seguir empapelando a los bancos para que de este modo puedan poder volver a financiar la inversión a tasas razonables y para que las empresas puedan volver a crecer, invertir, incorporar tecnología y especialmente, generar empleo.

 

No vamos a repetir lo que está en el Plan, pero debemos aclarar que allí están solo los grandes conceptos, las grandes ideas, con mayor o menor desarrollo. Pero que detrás de cada una de ellas hay muchos meses de análisis, de pruebas y discusiones. Que hay mucha experiencia y mucho estudio previo. Y que en muchas áreas ya hemos llegado a la etapa de la elaboración de la legislación necesaria para ponerlas en ejecución. 

 

Y no se trata solo del futuro de la política monetaria y cambiaria, de la modernización de la legislación laboral para la que contamos con movilizar a aquellos sectores del  sindicalismo que comprenden los desafíos que tienen por delante. O de la nueva legislación que tendrá que regir para las PyMES o para la inversión extranjera. Nos referimos a los planes sectoriales que hemos desarrollado para la industria, para las PyMES, para el sector agropecuario y agroindustrial, la minería y los hidrocarburos.

 

Para integrar estas políticas tenemos en claro la necesidad de volver a contar con un Plan Nacional de Desarrollo, no para que la burocracia siga determinando lo que hay que hacer o no hacer en el país, sino para que todos, Nación y provincias, empresarios, sindicatos y trabajadores, consumidores y comerciantes, conozcamos mejor el camino a seguir.

 

 Estamos en los umbrales de una nueva etapa de una revolución tecnológica que detuvieron la epidemia y la invasión de Ucrania, pero que más tarde o temprano va a hacer eclosión y va a transformar -si no lo está haciendo ya- las bases del funcionamiento del sistema económico internacional, los acuerdos que lo regulan y las relaciones y los métodos de trabajo. Ya no es la globalización que conocimos, ahora estamos frente a una nueva etapa: a la suma de la robotización y la miniaturización, del block-chain y la impresora 3D, del algoritmo y la capacidad de explorar y aprovechar los millones de datos que se suben por segundo a la nube. La capacidad de almacenamiento y de procesamiento de un ordenador se está duplicando cada 18 meses. Es un cambio fenomenal el que tenemos por delante. Y debemos tener una visión clara de lo que se avecina, para encontrar allí las grandes oportunidades del futuro y no volver a dejarnos llevar por la ola de las innovaciones que nos toman desprevenidos

 

Y frente a ese futuro estamos, por suerte, provistos de lo que pocos países tienen.

Hasta con nuestro sistema educativo destruido vemos surgir todos los meses nuevas empresas argentinas o manejadas por jóvenes argentinos en los sectores de punta de la ciencia y la tecnología. Ya contamos con once “unicornios” argentinos. 

 

Nuestro sector agropecuario está tecnológicamente a la vanguardia en el mundo: tanto le han puesto la “pata encima” a nuestros hombres y mujeres de campo, que se las han tenido que ingeniar para ser cada día más eficientes y poder seguir sacándole hasta la última gota de renta a la tierra que trabajan. Con 125 millones de trigo, maíz y soja, somos ya el 5to productor mundial y si liberamos al campo de las múltiples barreras con que lo agobian, podremos llegar rápidamente a agregar otros 25 o 50 millones de toneladas de producción.

Y nuestra minería está despertando. El oro de Santa Cruz y de Taca Taca en Salta, la plata de la mina Navidad en el Chubut (la segunda reserva más grande de ese mineral en el mundo), los fosfatos de Mendoza, el cobre y el molibdeno de San Juan y de Catamarca y el preciado litio de los salares de Jujuy, Salta y Catamarca, sin hablar del uranio, cuya demanda ha vuelto a crecer aceleradamente o de las tierras raras, que somos uno de los pocos países que las poseen en abundancia. Esa riqueza vamos a movilizarla y vamos a tratar que se vaya del país con el mayor valor agregado posible, y eso significa trabajo y riqueza para las poblaciones de las regiones mineras y así no podrán negarnos la “licencia social” o ponernos la excusa de las “tierras ancestrales” de pueblos que nunca las explotaron.  Pero para llegar a esta situación tendremos que recrear la estabilidad, poner en vigencia reglas claras y permanentes para facilitar la inversión y el desarrollo de la producción….y regenerar la credibilidad perdida.

La misma que vamos a necesitar para explotar el gas y el petróleo que abundan en nuestra Patagonia y en nuestros mares, para volver al autoabastecimiento y además convertirnos en un gran exportador. Hemos estado trabajando y consultando con los mayores expertos del país el caso de “Vaca Muerta”, que quizás sea menos de la mitad de los recursos de “shale gas y shale oil” que tiene el país, pero que nos alcanzarían para atender el consumo interno por 150 años y nos dejarían aun así un importante saldo para exportar. Estamos estudiando siete vías posibles para dar salida a esa enorme riqueza. Casi todas complementarias y no excluyentes. Pero no podremos explotar y desarrollar a fondo semejante riqueza si no tenemos una legislación adecuada, si no sabemos recrear condiciones de confianza para que se hagan las enormes inversiones necesarias para lograrlo y especialmente, y volvemos sobre los mismo, si no somos capaces de convencer a los futuros compradores de nuestro gas de que no volveremos a cerrar las válvulas de los gasoductos por un capricho presidencial o por la visión ideológica de un ministro o un gobernador. Tendremos que ponernos de acuerdo productores, gobierno nacional y gobiernos provinciales, sindicatos y proveedores, quienes financien estas inversiones, e incorporar, en algunos de los acuerdos, a quienes nos tendrán que comprar, quizás por décadas, el petróleo, el gas o el Gas Natural Licuado.  

Es un camino nuevo para recorrer. Lejos de los senderos que nos llevaron siempre al pozo de la decadencia. Y lo lograremos, porque esta vez tenemos un liderazgo que tiene en claro lo que hay que hacer. Por eso Miguel Pichetto lo primero que nos pidió fue que armáramos un plan de gobierno que nos diera la posibilidad de demostrarle al pueblo argentino que hay otro camino posible: más allá del pobrismo, construyendo un capitalismo moderno, eficiente, que no podrá serlo si no contempla una justa distribución de la riqueza. Y nos pidió que armáramos equipos con los que pudiéramos llevar adelante ese plan. La Constitución Nacional y este librito azul que contiene el Plan de Gobierno, serán nuestra guía y en tus manos queda Miguel la posibilidad de que podamos lograr que la primera vuelva a ser la ley de leyes y que estas cien ideas y propuestas -y lo que hay detrás- se puedan hacer realidad.

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